El impacto de la tecnología en las profesiones: de los pregoneros a los programadores

¿Qué profesiones que hoy parecen intocables podrían desaparecer mañana? Esta es una pregunta que se repite cada vez que surge una nueva ola tecnológica. El miedo que sentimos hoy con la inteligencia artificial no es tan distinto al que sintieron en el pasado otras generaciones cuando vieron cómo las máquinas reemplazaban oficios que parecían imprescindibles.

Una mirada al pasado: profesiones que desaparecieron

La historia está llena de oficios que fueron imprescindibles en su tiempo y que, con la llegada de nuevas tecnologías, se desvanecieron sin remedio. Lo que hoy nos parecen curiosidades del pasado, en su momento eran profesiones respetadas, necesarias y, en muchos casos, el sustento de familias enteras.

Antes de la radio, la televisión y los periódicos, ¿cómo se enteraba la población de las nuevas normas, edictos y decisiones reales? El pregonero era el encargado de recorrer las plazas y calles, alzando la voz para comunicar noticias oficiales y disposiciones del monarca. Durante siglos fue la “voz del poder” en pueblos y ciudades, hasta que la imprenta primero, y después la prensa escrita y la radio, hicieron que su labor quedara obsoleta.

¿Quién iluminaba las calles antes de que la electricidad lo hiciera todo automático? Esa tarea recaía en el farolero, que cada noche recorría la ciudad con una pértiga y una llama para encender manualmente las farolas de gas, y cada madrugada las apagaba. Con la llegada de la luz eléctrica, esta rutina desapareció, llevándose consigo un oficio que marcaba el pulso nocturno de las urbes.

Si hoy levantamos la mano para parar un taxi, ¿a quién llamábamos hace dos siglos? A un cochero de carruajes. Ellos transportaban a personas y mercancías en carros tirados por caballos, conocían las calles como la palma de su mano, por supuesto, no tenían Google Maps, y eran figuras esenciales en la movilidad urbana. La aparición del automóvil transformó para siempre el transporte y dejó atrás la figura del cochero tradicional.

Antes de las grúas portuarias y los contenedores metálicos, ¿cómo se cargaban los barcos? A fuerza de brazos. Los estibadores manuales descargaban y apilaban mercancías pieza por pieza, en condiciones físicas extremas. La revolución de la containerización y la mecanización redujo drásticamente esa necesidad, transformando los puertos en espacios dominados por máquinas en lugar de cuadrillas de hombres.

¿Quiénes eran los que dominaban las máquinas de escribir cuando aún no existían los ordenadores? Los mecanógrafos. Su destreza consistía en redactar documentos oficiales con precisión y rapidez, y su rol era esencial en oficinas, empresas y gobiernos, un pequeño fallo, obligaba a reescribir toda la página. Pero la llegada del ordenador personal y los procesadores de texto cambió las reglas del juego y relegó aquel arte mecánico a la nostalgia.

Cuando querías hacer una llamada telefónica, ¿quién la conectaba al otro lado? La respuesta es sorprendente: las telefonistas de centralita. Ellas conectaban físicamente las llamadas mediante cables y clavijas, creando en segundos la comunicación entre dos puntos. Este oficio desapareció con la automatización de las redes telefónicas, pero durante décadas fue el corazón de la comunicación global.

¿Cómo se componían los periódicos antes de que existiera la edición digital? Con linotipistas. Estos profesionales ensamblaban letra a letra bloques de plomo que luego se entintaban para imprimir páginas completas. Era un oficio técnico, laborioso y de gran responsabilidad, que la autoedición digital terminó por hacer desaparecer.

Y si pensamos en los grandes hitos de la ciencia, como enviar al hombre a la Luna, ¿sabías que detrás había miles de calculistas humanos? Eran personas, en su mayoría mujeres, que realizaban a mano operaciones matemáticas complejísimas para validar trayectorias, tiempos y coordenadas. Con la llegada de los ordenadores, este trabajo desapareció, pero su papel fue crucial en momentos históricos como el programa espacial Apolo.

Finalmente, ¿cómo se despertaban los obreros antes de que existieran los despertadores? En Inglaterra y otras partes de Europa había una figura insólita: los despertadores humanos. Su labor consistía en ir puerta por puerta golpeando ventanas con un palo largo para asegurar que los trabajadores llegaban a tiempo a la fábrica. El despertador mecánico primero, y luego el digital, borraron este oficio tan curioso como necesario en su época.

Aunque muchos de estos oficios puedan parecernos lejanos o casi pintorescos, la realidad es que la desaparición de profesiones no es un fenómeno del pasado. Está ocurriendo de manera constante, y a veces en plazos sorprendentemente cortos.

Más cerca en el tiempo encontramos ejemplos todavía más llamativos. Los ofimáticos, que en los años 80 y 90 eran contratados en empresas para manejar procesadores de texto, hojas de cálculo o bases de datos, desaparecieron tan rápido como los ordenadores personales se popularizaron y las habilidades digitales pasaron a ser básicas para cualquier trabajador. Algo parecido ocurrió con los webmasters, figuras clave en los primeros años de Internet, responsables del diseño, mantenimiento y actualización de las páginas web. Durante una década eran imprescindibles, pero con la llegada de gestores de contenido como WordPress, plantillas prediseñadas y servicios en la nube, aquel perfil técnico quedó diluido en menos de veinte años.

En todos estos casos, la tecnología no solo transformó la manera en que vivimos, sino que también hizo desaparecer decenas de miles, e incluso cientos de miles de puestos de trabajo. Cada innovación trajo consigo un progreso evidente, más rapidez, más eficiencia, más comodidad, pero también significó el fin de profesiones que parecían irremplazables en su tiempo. 

El presente: ¿qué profesiones miran con miedo?

Si en el pasado fueron los cocheros, los faroleros o los linotipistas, hoy la incertidumbre recae sobre profesiones que, hasta hace poco, parecían blindadas frente a la automatización. La diferencia es que ahora no hablamos de trabajos manuales, sino de ocupaciones de alta cualificación y prestigio. Y esto afecta de lleno al mundo universitario y a los estudiantes de hoy que serán los profesionales del mañana.

En este contexto, los estudiantes de hoy se encuentran en una encrucijada delicada: deben elegir una carrera sin saber si, al terminar sus estudios, esa profesión seguirá existiendo tal y como la conocen o si habrá perdido gran parte de su relevancia. El riesgo no es teórico, sino muy real. La inteligencia artificial está avanzando tan rápido que amenaza con transformar incluso áreas tradicionalmente consideradas intocables.

Pensemos en el caso de los estudiantes de medicina. La elección que hagan sobre su futuro profesional puede marcar una diferencia enorme en el mundo que viene. Si optan por una salida enfocada principalmente al conocimiento, como la práctica clínica, estarán entrando en un terreno en el que la inteligencia artificial avanza a pasos agigantados: algoritmos capaces de analizar radiografías con mayor precisión que los radiólogos o asistentes que recomiendan tratamientos personalizados a partir de millones de historiales ya compiten en tareas que antes parecían eminentemente humanas. La amenaza aquí no es inmediata, pero sí evidente: las profesiones basadas exclusivamente en el conocimiento son especialmente vulnerables a la automatización.

El contraste aparece cuando miramos a los cirujanos. Aunque también requieren un profundo bagaje médico, su labor no se limita a procesar información: implica destrezas manuales, precisión extrema y capacidad de juicio en tiempo real en medio de operaciones delicadas. Son atributos que, por ahora, ninguna IA ni robot quirúrgico puede replicar con autonomía completa. 

Aquí es donde se manifiesta lo que llamo el Efecto K de la inteligencia artificial: el uso de la inteligencia artificial puede ser increíble o devastador, según como nos afecte o como lo utilicemos. Quienes eligen caminos profesionales apoyados únicamente en el conocimiento pueden ver limitada su progresión, mientras que aquellos que orientan su carrera hacia la resolución de problemas complejos, la creatividad y la toma de decisiones críticas logran reforzar su posición y multiplicar su valor.

La Universidad en el punto de mira

Esto plantea un desafío enorme, no solo a los trabajadores o estudiantes, sino también a las universidades, que durante siglos han sido vistas como los grandes templos del saber. Muchas carreras siguen centradas en transmitir y organizar información, confiando en que el dominio de ese conocimiento garantice un futuro profesional. Sin embargo, estamos entrando en una era en la que el acceso a datos, teorías y ejemplos está al alcance de cualquiera en cuestión de segundos gracias a la IA.

La encrucijada es clara: si las universidades continúan priorizando únicamente la transmisión de conocimiento, corren el riesgo de volverse irrelevantes. El futuro de la educación superior debe pasar por un viraje decidido hacia el desarrollo de capacidades complejas: resolución de problemas, creatividad, ideación, pensamiento crítico, colaboración y habilidades prácticas que permitan generar valor en contextos inciertos. El conocimiento seguirá siendo importante, pero ya no como un fin en sí mismo, sino como la materia prima con la que construir soluciones nuevas. 

En un mundo donde la inteligencia artificial puede memorizar y procesar más que cualquier ser humano, lo que nos hará valiosos no será cuánto sepamos, sino qué seamos capaces de crear y resolver con ese saber. Aquí es donde también aparece el Efecto K de la IA, algunas universidades serán capaces de adaptarse, integrar la IA y centrarse en aportar valor, creando profesionales que creen y resuelvan, mientras otras continuarán con sus sistemas de enseñanza basados en acumular conocimientos, el tiempo, poco a poco potenciará a las primeras y hará desaparecer a las segundas. Con el paso del tiempo no nos acordaremos de las segundas, como nadie se acuerda de los linotipistas.

Artículo originalmente publicado en Tecnología++:El blog de los Estudios de Informática, Multimedia y Telecomunicación de la UOC

Imagen: Freepic


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